|
|
Como sucede con la mayoría de los niños de más o menos siete años de edad; el pequeño Honorio también tenía su ilusión, su sueño. A pesar de su corta edad, ya comprendía que sus padres no podían darle siquiera lo necesario. Cumplía con algunos trabajos, no por gusto, sí por obligación. Se iniciaba ya en las labores del campo acompañado de su padre, cuando se trataba limpiar, quemar, de arar la tierra. Ahí estaba presente, aunque en más de una ocasión se convirtiera en un pequeño arado humano. La cosecha era otra de sus tareas. Almacenar las mazorcas y luego desgranarlas. Pablo su padre- jornalero, se alquilaba como peón en los terrenos ajenos aledaños; aunque también era un reconocido vaquero y gran conocedor de animales aptos para el trabajo. En cierta temporada del año, el mismo trabajo y la distancia no le permitían llegar temprano a su casa, la labor donde se alquilaba se encontraba a buena distancia. Fueron más de una noche, en la que Honorio y Guadalupe su madre, debieron esperar la llegada de Pablo, para poder llevarse algo de alimento a la boca. Pablo seguro llevaría algo de maíz. De eso Guadalupe estaba segura. Mientras tanto Honorio, recarga su cabeza sobre una de las piernas de su madre, vencido más por el hambre que por el cansancio. Guadalupe en tanto, permanece atenta a que el nixtenco mantenga el fuego vivo abrazando con sus llamas la olla de barro puesta con agua a buena temperatura. A un costado del fogón, el tecomate, vacío como sus estómagos. La madre de Honorio aguarda, impaciente la llegada de los granos para convertirlos primero en nixtamal, lavarlo, martajarlo en el metate, luego, con esa habilidad que le caracteriza, obtener masa y con ambas manos palmear la pasta hasta transformarla en gruesas gordas que cuece en el comal de barro. La estética de la tortilla es lo que menos interesa ahora. Listas, son sazonadas con algunos granos de salde grano. Al mismo tiempo separa un poco de masa para cocinar atole blanco, que sorbo a sorbo consumen dando pequeños mordiscos al piloncillo para darle el sabor dulce. ¡ Es todo un manjar ! Mañana, Dios dirá. El nuevo día aparece. Pablo, mira su escopeta pisponera que cuelga de la pared. La toma entre sus manos y sin perder tiempo le pasa un lienzo para desproveerla del polvo acumulado, una revisión del mecanismo a vuelo de pájaro bastará. Luego, se la coloca en el hombro como en los buenos días de caza. Sale apresurado, con una sola idea en su cabeza. Quiere cumplir con la ilusión de su hijo. Sabe que el "Cacho" puede ayudarle, -además es su amigo-. El Cacho, aquel hombre campesino, robusto, de rudo mirar y sin más problemas económicos que resolver, -por lo menos come tres veces al día- se encuentra reparando la puerta de golpe de su corral que el día anterior se había averiado, no por el mal uso, sino por el paso del tiempo. Mira a lo lejos a Pablo que viene cruzando la ciénega. Lo distingue por lo blanco de su calzón y la firmeza de su andar. Visiblemente fatigado, Pablo saluda a su amigo: ¡ Buenos días Cacho ! Al mismo tiempo que recarga el arma en uno de los postes que sirve de marco a la puerta, acomidiéndose a echarle la mano y facilitar la reparación. El Cacho, responde el saludo a su amigo. ¡ Buenos días Pablo ! Sin perder tiempo, Pablo lo aborda de inmediato con un diálogo que finaliza en una negociación, que sellan con un fuerte apretón de manos. Por la tarde, Honorio se encuentra en el solar, la misma tierra que años atrás perteneció a sus abuelos paternos. En el mismo sitio donde Pablo había crecido y que ahora su familia cuida con aprecio. Ese pedazo de tierra que representa su riqueza. Producto de la herencia y que además les permite disfrutar de los frutos que le arrancan al suelo, sobre todo cuando depositan semillas de maíz, frijol, calabaza, cacahuate, garbanzo, jícama y algo de caña morada. Estaba ahí. Contemplando una pila de leña. Pensaba seguramente, en lo que se había convertido el viejo mezquite, el mismo que cobijó a sus padres cuando desgranaban el maíz, reparaban la herramienta o simplemente conversaron sobre el futuro de sus vidas, el futuro del pequeño Honorio. Y ahora, ya sin sombra y sin mezquite. Sus restos servirán de combustible y mantener el fuego vivo en el nixtenco. - Sólo él sabe lo que paso por su mente en esos momentos, mirando aquel montón de leña-. En su ensimismamiento, no se percató de la llegada de su padre. Sus palabras hacen que Honorio se sobresalte. ¡ Mira hijo lo que te traje ! - ¡ Es una Burra ! -exclama Honorio- Abriendo los ojos bien grandes, sorprendido por el inesperado regalo. Pablo, sabía que su hijo se pondría feliz, pues deseaba tener su propio animal. Era su ilusión, era su deseo. De inmediato, pidió a su padre que lo trepara, lo quiere montar como se monta a los burros en ancas, quería pasear cuanto antes. Y así montado inició su paseo dando varias vueltas alrededor del montón de leña del viejo mezquite, ante la mirada de su padre. Pablo, ¡ Estaba feliz ! Había dado cumplimiento a la ilusión, al sueño, de su hijo, se ha realizado. Honorio ¡ No lo podía creer! Tenía su propia burra. Su padre lo contemplaba con una ligera sonrisa en sus labios. Quizá se trataba de un carrusel viviente. Para sus adentros pensaba: "Bien valió la pena haber sacrificado la escopeta pisponera". Aquella que en muchas ocasiones les había dado de comer carne de: güilotas, palomas, conejos y otros animales del monte, que tuvieron el infortunio de cruzarse por su mira. Al terminar su paseo, Honorio regresó a su casa no sin antes asegurarse de que su burra pasaría la noche en un sitio seguro del solar. Al día siguiente. Honorio salió apresurado al patio, dejando abandonado su tapextle de cuatro patas con horquetas que soportan la armazón de carrizo, a manera de cama. Sabía la gran responsabilidad que había contraído al aceptar el regalo, hay que alimentarla y darle de beber. Al llegar al lugar donde la había dejado el día anterior. ¡ No la encontró ¡ Echó una mirada rápida. Corrió de aquí para allá... y de allá para acá... Pensó que se encontraba haciendo alguna avería en el solar de Trinidad Martínez, vecino colindante. Se aproximó al lindero. De pronto... El descubrimiento. Honorio quedó inmóvil, quieto, retrocedió unos pasos para llamar a su padre. Quería que él le explicara lo sucedido, su descubrimiento. La burra parda de orejas caídas y de mirada perdida, estaba ahí, quieta, con los ojos abiertos y las orejas quietas. Sí, estaba ahí, inmóvil en el suelo polvoriento. ¿Está dormida? ¿ Verdad papá? Refirió Honorio con un poco de temor. No, no lo está. Está muerta. Pablo comprendió, que había perdido su escopeta pisponera, y su hijo, la burra pardas de orejas caídas. |