PRESIDENCIAS LEGÍTIMAS.

Wenceslao Vargas Márquez

Publicado en MILENIO el lunes 4 de diciembre de 2006.

La Historia (con mayúsculas) es la historia de las biografías de los gobernantes o de los caudillos ha dicho Krauze, siguiendo una idea de Carlyle pronunciada en 1840: la historia de los pueblos la escriben los héroes. Es probable que la historia de México sea también la historia de las disputas por las presidencias legítimas.

El invierno de 2006 será el más frío en muchos años dicen los especialistas. Yo estimo que el lugar más frío del país no es Toluca ni Chihuahua. El lugar más frío del país en este invierno está en la ciudad de México y es el edificio del CEN del PRD porque el excandidato de ese partido, teniéndola en la mano, perdió la presidencia y alega ahora que paseará por las calles, recogiendo dinero para su sueldo y repartiendo insultos, lo que llama presidencia legítima. La historia de México ha tenido en buena parte, como motor, la lucha por las presidencias legítimas.

Vicente Guerrero, masón yorkino, se montó en un motín, en varios cadáveres y en un incendio (el del mercado llamado El Parián, que era una especie de Perisur decimonónico) para llegar a la presidencia que perdió ante Manuel Gómez Pedraza, masón escocés, titular de la presidencia legítima y que se retiró del escenario porque no quiso pelear por sus títulos.

Juárez gobernó catorce años y medio ininterrumpidos (1858-72 y no se le califica de dictador). En 1857 se declaró presidente legítimo en su calidad de titular de la Suprema Corte frente a Ignacio Comonfort que decía que no podía gobernar con la Constitución promulgada ese año. En 1865, con el país invadido y en guerra, Juárez se negó a ir a elecciones y Jesús González Ortega, presidente de la Suprema Corte, no pudo recibir (aunque la exigió) la presidencia legítima a como a Juárez diez años atrás. José María Iglesias, a fines de 1876, se declaró presidente legítimo frente a la reelección de Lerdo de Tejada. Los casos abundan.

Una de las presidencias que más ha gustado a algunos historiadores y que ha sido llamada por otros la más democrática de todas (no entiendo cómo si no votaron las mujeres) fue la de Francisco Madero González de 1911 a 1913. Un polo de la violencia que lo derrocó era la prisión desde donde dirigían las hostilidades los infidentes, y el polo de la legalidad de hallaba en el Palacio Nacional donde despachaba. Se sucedieron actos de crueldad realmente inhumana (al hermano del presidente, Gustavo Madero, le sacaron sus asesinos su único ojo sano y los hicieron correr ciego, chocando contra las paredes, en el patiecito donde lo mataron). Actos de heroísmo y descarnadas deslealtades se sucedieron en unas pocas horas de febrero de 1913.

En estos días de diciembre de 2006 en que es fácil insultar al presidente de la república y mantenerlo físicamente en vilo mientras rinde protesta ante el Congreso de la Unión, es oportuno recordar cómo se resolvió, en esas épocas que se suponen superadas, la suerte de quien osó tocar el hombro del presidente Madero para intentar obligarlo a la prisión y a la renuncia. Aunque lo quiera, el perredista Manuel López (derrotado limpiamente en las urnas) no obligará a los mexicanos ni al Estado Mayor Presidencial a regresar a esos métodos.

Casi al final de la decena trágica (los diez últimos días de su gobierno), el día 18 de febrero de 1913, Madero, en el Palacio Nacional fue presionado por varios militares a que renunciara. A las dos de la tarde entró al salón de acuerdos de Palacio Nacional, entre otros, el coronel Teodoro Jiménez Riveroll, enviado de Victoriano Huerta. Gritaron y amenazaron los militares con un pelotón en una sala contigua pero el presidente –que se hallaba en junta- se mantuvo sereno. Lo soldados llegaron a pensar en el fusilamiento in situ. En el jaloneo verbal y entre gritos de ‘traidor’, al coronel Jiménez Riveroll se le ocurrió empujar o tocar ligeramente al presidente Madero para apurarlo a decidirse por la renuncia dado que el presidente no cedía a las amenazas de que tenía que acompañar a Jiménez fuera de Palacio. Los hechos consecuentes son parcialmente contradictorios por la tensión del momento y cada testigo los narró con variantes. Federico González Garza, testigo ocular del drama escribió:

“Penetra el señor Madero al umbral del salón de acuerdos con paso acelerado, seguido de Riveroll, Marcos Hernández, hermano del ministro Rafael Hernández; de varios ayudantes de su Estado Mayor y de algunos de los que estábamos en el saloncito; se encuentra frente a frente de aquel pelotón de soldados que ya empezaba a evacuar el salón obedeciendo órdenes enérgicas de un fiel ayudante” maderista. Madero le enfatiza a Jiménez que él seguirá en Palacio y le pide que le transmita a Victoriano Huerta la orden presidencial de que se presente ante el mandatario. Manuel Márquez Sterling (embajador cubano) y Ramón Prida reconstruyen un diálogo similar.

Narran que las tropas mandadas por el rebelde Jiménez Riveroll acatan la orden de marcharse dada por el ayudante maderista. Jiménez, iracundo, dicta órdenes inmediatas de fusilamiento. Alto, media vuelta a la derecha, levanten armas, apunten. Pero no puede pronunciar la palabra “fuego”. Gustavo Garmendia, un ayudante del presidente, estaba a dos pasos de Madero y de Jiménez Riveroll en el momento en que este último pone las manos sobre aquél. Garmendia, militar impecable, había atestiguado la violenta y áspera discusión subordinado a la jerarquía del presidente y otros militares de mayor rango pero cuando las manos de Riveroll apenas tocaron el saco del presidente, extrajo su pistola y gritó:

- Al presidente nadie lo toca – y acto seguido disparó sobre Jiménez en la sien izquierda, matándolo.

Añade González Garza: “El arma que sostiene Garmendia escupe una bala y apaga una vida cuando pega en la cabeza de Teodoro Jiménez Riveroll. Al advertir aquello, el mayor Rafael Izquierdo trata a su vez de disparar su arma contra Madero, pero la rapidez del capitán Federico Montes, ayudante también, resulta más hábil, y el otro traidor cae exánime, de un tiro”. Se produce entonces una descarga cerrada contra Madero; el ingeniero Marcos Hernández, se arroja a cubrir con su cuerpo al Presidente, y al disiparse la humareda estaban muertos tres hombres, dos de ellos traidores”. Al presidente nadie lo toca. Creyéndose salvado, Madero baja al patio central usando el elevador, y al salir arenga a los primeros soldados que ve exigiéndoles que lo defiendan como depositario de la presidencia legítima “pues si estoy aquí es por voluntad del pueblo mexicano”. Sale de la nada Aureliano Blanquet, enviado por Huerta, que le dice a Madero, “es usted mi prisionero”, cuando al presidente le quedan dos días de vida.      

Esta es una versión, y yo me quedo con ella, con un militar que es Gustavo Garmendia con un profundo sentido del honor cumpliendo con su deber hasta el extremo en un momento también extremo en la república en el que los que se defiende son los principios de la legalidad para sostener la democracia. Al presidente no se le toca. Se llegó a decir que el propio Madero, el apóstol Madero, el civil Madero, accionó una pistola y mató a Jiménez Riveroll. La viuda Sara Pérez de Madero lo negó por escrito en el exilio cubano el 3 de marzo.

Medio siglo atrás, Juárez había vivido momentos similares cuando a su despacho entró también un pelotón de fusilamiento dispuesto a matar al presidente y sus ministros en 1858. Prieto, orador, sólo con la vigorosa profusión de palabras (‘los valientes no asesinan’) logró acallar la voz de “fuego” mientras el presidente Juárez, impasible, se apoyaba en el picaporte de la puerta más cercana para esperar la descarga de fusilería. Al presidente no se le toca. Después de Madero llegó al poder Huerta, preocupado por la legalidad de sus títulos de presidente. Victoriano Huerta ha sido el rudo que ha dado el golpe de estado mas técnico de nuestra historia: Se montó en su presidencia legítima escalando una renuncia impecable aprobada por el congreso mediante el trámite legal de que su predecesor, Lascuráin, fuese presidente por tres cuartos de hora.

La historia de México es la historia por la lucha de las presidencias legítimas y nadie en el México moderno puede permitirse poner en riesgo lo que México ha construido en un esfuerzo de quinientos años. El saldo que debe quedar de estos tropiezos electorales del año que acaba es una reforma profunda del sistema electoral mexicano. La segunda vuelta en las elecciones presidenciales deberá ser obligatoria para el año 2012 en la que el perredista López no podrá competir porque él se asume ahora como presidente legítimo y en México no hay reelección. Entiendo que la cámara de diputados deberá reducir su tamaño a 350 diputados (300 uninominales y 50 plurinominales para todos los partidos en una sola circunscripción nacional). Una reducción semejante deberá sufrir la cámara de senadores.

Mientras, al presidente no se le debe tocar.

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