VIEJA REFUTACIÓN DEL TIEMPO
Por Wenceslao Vargas Márquez
Publicado en POLÍTICA, de Xalapa, Ver., el 1º de julio de 1999.

Hace tiempo, el argentino Jorge Luis Borges (nacido en 1899) escribió un texto denominado Nueva Refutación del Tiempo. Es una refutación de que el tiempo exista. El tiempo es una ilusión, apuntó. Hoy se comenta la novedad -porque nuestra generación no la ha vivido- de un cambio de siglo, novedad tan novedosa que nos trae la otra novedad de que los siglos tienen 99 años y los milenios 999.

Antes los siglos tenían 100 años y los milenios 1,000. Los años del siglo se numeraban 1, 2, 3,..., 8, 9, 10 , 11, 12, ...., 98, 99 [equivalente a nuestro 1999] y 100. Nunca ha habido año cero.

El líder sindical Fidel Velázquez, muerto en 1997, nació en el siglo pasado, precisamente en el año 100 del siglo XIX: en 1900.

Hoy algunos pretenden que el siglo XX acabe pronto: este año, es decir, en su año 99, cuando en realidad debe acabar en el último día del año 2000. El año 2000 debe ser el último año del siglo y el nuevo milenio empezará al amanecer del 1º de enero de 2001.

Mientras esto ocurre escucharemos necedades como la de que este año se leerá el último informe presidencial del siglo XX, o que el primero de mayo de 1999 se efectuó el último desfile obrero del siglo o que a mediados de 2000 se efectuarán las primeras elecciones federales del siglo XXI.

Pero muy por encima de esta sesuda discusión aritmética, a mi juicio, doblar la esquina del siglo, doblar la esquina del milenio, pasar del 31 de diciembre de 2000 al primero de enero de 2001 (o, a como otros quieren, pasar del 31 de diciembre de 1999 al primero de enero de 2000) debe ser absolutamente irrelevante.

Además -porque son agrupaciones de mil años- los milenios abundan: se cumplen a cada instante. Al mediodía de hoy, 23 de junio de 1999, se cumplieron mil años entre ese instante y el mediodía del 23 de junio del año 999 (no nos fijemos que a mediados del siglo XVI hubo un cambio de paso en el conteo). A cada momento estamos cumpliendo años y milenios: cada vez que sin cesar rebasamos ese perfil instantáneo que es el tiempo presente.

Doblar esa esquina milenaria debe ser tan irrelevante (o importante) como nos es pasar del 11 al 12 de octubre o del 29 al 30 de marzo de cualquier año. Yo entiendo que nuestra cultura decimal, nuestro hábito de celebrar aniversarios múltiplos de 10, condicionados por Walter Mercado, o por Televisa, o por el número de los dedos de las manos, es lo que nos induce a darle una importancia inusual a esa noche decimal en que se acabará el mundo.

No nos importa tanto que un niño cumpla 7 años, sino que cumpla 10; no nos importa tanto que alguien cumpla 47 años sino que cumpla 50; o que cumpla 100 años (no 78) alguno de los diez mil planes políticos con que nos han gobernado: el plan de Iguala o el plan de Xalapa o el plan de Ayutla o el plan de Guadalupe o el plan de Agua Prieta o el plan Nacional de Desarrollo echeverrista o zedillista.

Viviremos esa angustia decimal de "fin de siglo" (frase de éxito) sin saber -posiblemente- que esa referencia decimal del tiempo es una convención humana occidental, una imposición o una moda para apenas una parte de la humanidad: una ilusión como en la Nueva Refutación del Tiempo. Una buena cantidad de seres humanos -sobre todo en el otro hemisferio del globo terráqueo- llevan calendarios distintos que de ninguna manera tomarán en cuenta a una noche que lleva para ellos otra nomenclatura aunque la noche sea la misma.

Pero se me ocurre una idea tipo vacuna (es decir que inyecta la toxina de la que nos quiere curar):

Para curarnos de ese decimalismo que nos angustia, hagamos que los periodos de gobierno en el país y en nuestro estado no sean de seis años sino de diez. Notará el lector que la angustia decimal se le quita y enfrentará sonriente el cambio de siglo, lo cuente a como lo cuente. Enfrentará con entereza "los retos del nuevo milenio" (otra necia frase exitosa).

Espero que al notar que se le quitó esa angustia decimal no se queje el que le hayan aparecido otras ... que empezarán a durarle diez años.