LA TORTURA Y SU REITERADA ACTA DE DEFUNCIÓN
Wenceslao Vargas Márquez
Publicado en POLÍTICA el 30 de junio de 1999.

Hoy tenemos la novedad de que el gobierno federal firma el acta de defunción de la tortura, a como se ha firmado reiteradamente el acta de defunción de la impunidad, de la antidemocracia (?) o del hacinamiento carcelario.

He comentado otras veces que el acta de defunción de la impunidad virreinal la firmaron, Iturbide y Guerrero. El acta de defunción de la impunidad imperial de Iturbide, la firmó Santa Anna; la defunción de la impunidad autocrática de Santa Anna la atestiguó Juárez. La necropsia de la impunidad dictatorial, republicana y reelectiva de Juárez fue efectuada por Porfirio Díaz y la de Díaz por la revolución.

Calles y Obregón firmaron el acta de defunción de la impunidad carrancista, impunidad que creó un neologismo: el verbo carrancear. Con la revolución institucionalizada, cada sexenio nuevo es el Ave Fénix que elimina la impunidad y el latrocinio del sexenio anterior, especialmente desde los años setentas y hasta hoy.

Recordemos a Fausto Cantú, a Armando Biebrich, a Díaz Serrano, a Raúl Salinas de Gortari. En cada caso, voceros del gobierno en turno se han ocupado de recordarnos que cada una de estas aprehensiones (políticas, no judiciales) son pruebas de que la impunidad ya se acabó. Pero no se preocupe el lector: la impunidad seguirá.

La necropsia de la antidemocracia la firmó -por ejemplo- Porfirio Díaz, en 1908, en la entrevista con el periodista Creelman (ya existía la costumbre de informar a los periodistas extranjeros en exclusiva) diciendo que el pueblo ya estaba preparado para la democracia (!).

Ahora la novedad es que el presidente de la república, las comisiones de derechos humanos y una gran cantidad de autoridades firman el acta de defunción de la tortura. Baste, por ahora, recordar que el acta de defunción de la tortura y los malos tratos, la firmaron los reyes de España para ser consecuentes con el paternalismo con que la Corona trataba a los indígenas.

La firmó también nada menos que José María Morelos en los Sentimientos de la Nación, documento leído en la inauguración del Congreso de Chilpancingo, en 1813 (México a través de los Siglos, VI, p. 16): "La esclavitud quedaba abolida para siempre [tres años antes la había abolido también Hidalgo] ... La tortura, las penas infamantes, todas esas crueles invenciones del despotismo, [quedaban] proscritas, y más aún, condenadas..."

Hoy, en junio de 1999, casi dos siglos después, la vuelve a condenar el gobierno central y, a lo largo de estos últimos doscientos años, las más diversas autoridades han estado -diligentes- firmando los sucesivos informes de la necropsia de la impunidad, de la esclavitud, de la antidemocracia y de la tortura.

En el transcurso de los próximos doscientos años ¿se firmarán de nuevo las actas?

Cuando en diciembre de 2000 y el primer semestre de 2001 caigan los primeros presos, ex-funcionarios del sexenio actual, y nos digan que, al ser aprehendidos fulano y zutano se acabó la impunidad ¿que pasará por la mente del lector?.

Hoy, yo no tengo elementos de juicio para pensar que las cosas serán sustantivamente distintas: Un funcionario dirá que se acabó la impunidad y yo diré de nuevo que eso, ya antes, alguien lo había dicho.

Los funcionarios en turno empezarán de nuevo a firmar.