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La humanidad y los precandidatos siempre ha deseado saber qué les depara el futuro por lo que han ideado y echado a andar diversas técnicas de adivinación: la cartomancia, la quiromancia, etc. De las muchas que hay llama la atención la esticomancia. En el indescriptible Pequeño Larousse Ilustrado (1990) no aparece la palabra esticomancia ni la palabra esticometría. En la página 439, García-Pelayo y Gross hace saltar la lista, de la entrada estibio a la entrada estiércol. Esto es decir que nos hace brincar desde 'cierto metal blanco azulado' para caer enseguida en 'ciertas heces pestilentes', cosa contrastante. Más higiénico, Agustín Millares Carlo (en Introducción a la Historia del Libro y de las Bibliotecas, F.C.E., 1975) nos hace saber que la esticometría era una técnica para medir el tamaño de los volúmenes: número de columnas, de líneas por columna, etc., considerando al hexámetro (en los textos en verso) como unidad de medida y en las obras en prosa, al número de sílabas correspondientes a la longitud media del hexámetro, es decir, de 16 a 17 sílabas ( de 34 a 38 letras). Originalmente estas anotaciones en los volúmenes se hacían para calcular el salario del copista en el periodo previo al desarrollo de la imprenta. Más profiláctico que García-Pelayo -quien nos hace saltar de la metalurgia a la fetidez- el autor Grillot de Givry (en El Museo de los Brujos, Magos y Alquimistas, ediciones Martínez Roca, 1991) dice que la esticomancia es un procedimiento adivinatorio que consistía en abrir un libro al azar e interpretar de manera profética las primeras palabras que se leían. Este uso era imitado en la antigüedad cuando se recurría a los libros de Homero o de Virgilio, de donde llegó el nombre de suertes homéricas o virgilianas. Los cristianos los sustituyeron por los Evangelios y la Biblia y las suertes virgilianas se convirtieron en las suertes de los santos, sortes sanctorum. Narra de Givry el caso de Gregorio de Tours quien en una obra escribe que Meroveo, huyendo de la cólera de Fredegunda, se encierra durante tres días y tres noches en la basílica de San Martín de Tours para orar sobre la tumba del santo y consultar los libros de los Salmos, los Reyes y los Evangelios, leyendo un versículo que simplemente copio: "Tradidit vos dominus Deus nostre in manibus inimicorum vestrorum". Entonces salió de la basílica tras haber llorado amargamente (y no sé si porque -a como yo- no entendió el párrafo latino o porque lo entendió perfectamente).
Algún escéptico dirá que para afirmar esto no hace falta ser adivino, pero yo, como esticomante serio, de todas formas le aconsejo: Si pasan unos días y algún reportero o columnista insiste diciendo: "Todavía sé lo que hicieron el sexenio pasado" es que realmente algo nos sabe y la esticomancia nos ha alertado. Decline enseguida la candidatura, porque si no, la autoridad le perseguirá a como el de la gabardina persigue a las chamacas en la película.
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