EL CULTO A LOS HÉROES
Por Wenceslao VARGAS MÁRQUEZ
Publicado en 'POLÍTICA' de Xalapa, Ver., el lunes 11 de enero de 1999.

"Habiéndole citado un día a Tomás Carlyle,
me preguntó con la mayor ignorancia
que quién era y qué había hecho"
Sherlock Holmes, descrito por el Dr. Watson.

Hace varios años, un lector de cierta revista mensual escribió indignado a la redacción para inconformarse porque en la portada de la propia revista había aparecido la fotografía del expresidente (1976-82) José López Portillo y Pacheco. La redacción le respondió que más le valía al lector que el periodo lopezportillista no fuese -a como el lector quería- un pasado que había que olvidar pronto. Los pueblos, le dijeron, que no recuerdan con frecuencia sus errores, se condenan irremediablemente a repetirlos.

El periodo (1833-55) que dominó el presidente -xalapeño- Antonio López de Santa Anna y Pérez de Lebrón debe ser el periodo en el que más memoria nos hizo falta a los mexicanos al grado de que Santa Anna llegó a la presidencia 11 veces y cada día el país iba peor. Fueron 22 años, hasta que alguien -Florencio Villarreal, Juan Alvarez- creyó que era cívicamente justo inconformarse. No pasaron de lado con la mirada ajena sino que tuvieron que actuar impulsados por una convicción de hacer oportunamente un acto justo. Nuestra generación, en cambio, deja concluir el sexenio para empezar a fabricar y vender máscaras orejonas.

¿Qué orilló a Belisario Domínguez a enfrentarse al gobierno (1913-14) despótico de Victoriano Huerta? Pudo haber pasado de lado con la vista indiferente, pudo haber pretextado que no había editores que le multiplicaran los manuscritos adversos a Huerta, pudo haber dicho que no había quien le secundara, pudo haber dejado concluir su periodo como senador para empezar a hacer narco-corridos. Pero no: usó la tribuna de la cámara de senadores para decir en octubre de 1913:

"Don Victoriano [Huerta], desequilibrado, está poniendo en inminente peligro la Patria, ¿no os toca a vosotros que estáis cuerdos ... poner un remedio a la situación? Ese remedio es el siguiente: concederme la honra de ir comisionado...a pedir[le] que firme su renuncia de Presidente...Lo más probable es que..Don Victoriano pierda la paciencia, sea acometido de un arrebato de ira, y me mate. En ese caso...el triunfo es seguro [porque se horrorizará] de su crimen, se matará el también, y la Patria se salvará". Cabía también la posibilidad, decía Belisario Domínguez, de que en un acto de lucidez realmente Huerta firmara su renuncia en cuyo caso no había más que darle trámite y punto. La comisión no se le concedió pero finalmente pudo hallar un impresor valiente: "Me es muy grato manifestar a ustedes, que ya hubo quien imprimiera este discurso. ¿Queréis saber, señores [senadores], quién lo imprimió? Voy a decíroslo, para honra y gloria de la mujer mexicana: ¡Lo imprimió una señorita!". Belisario Domínguez no esperó, pues, a que concluyera el gobierno de Huerta para empezar a fabricar máscaras de EL Chacal.

¿Qué hace al héroe? ¿Existe el héroe? ¿O existe el hombre común que toma una decisión cívicamente justa y se decide a arrostrar las consecuencias? Aspectos como estos analiza Tomás Carlyle (inglés, 1795-1881) en De los Héroes, el Culto a los Héroes y lo Heroico en la Historia, del que tengo un ejemplar con prólogo y traducción del genial escritor argentino Jorge Luis Borges (de quien -por cierto- en este año se cumplen cien de su nacimiento). Dictó Carlyle cinco conferencias en mayo de 1840 disertando acerca del héroe como divinidad (Odín), como profeta (Mahoma); como poeta (Dante, Shakespeare); como literato (Johnson, Rousseau, Burns); como rey (Cromwell, Napoleón) y su lectura es obligatoria para los estudiosos de la historia nacional y universal.

¿Qué influyó para que Porfirio Díaz se opusiera en público contra el undécimo gobierno de Santa Anna en 1854? Díaz, al fin abogado y profesor de 24 años de edad , alegó primeramente que el voto -libremente- podía o no ejercerse a juicio del elector. "Sí, me contestó Enciso y uno no vota cuando tiene miedo. Ese reproche me hizo tomar la pluma que se me había ofrecido, me abrí paso entre los concurrentes y puse mi voto en favor del general don Juan Álvarez", dice en sus Memorias (tomo I, 1892). Esto es decir que Díaz no esperó a que concluyera el gobierno para empezar a hacer chistes políticos contra Santa Anna. Cualquiera otro habría esperado un siglo para que apareciera la televisión y sus deplorables y cobardes comedias políticas. Miguel Miramón pudo haberse quedado en Europa y jamás venir a morir a lado de Maximiliano.

Madero pudo seguir gastando sus millonaria fortuna pero creyó cívicamente justo luchar contra el gobierno de un Porfirio Díaz Mori con 80 años de edad, lucha que triunfó en 5 o 6 meses pues en mayo de 1911 Díaz renunció y se fue a Francia. Esto es decir que Madero no esperó a que concluyera el sexenio 1904-10 ni a que empezara el 1910-16 para empezar a hacer chistes, ni para hacer máscaras, ni para hacer parodias en la prensa ni para hacer narco-corridos cobardes cuando ya pasó el toro, sino que -con el gobernante al frente- denunció lo que tenia que denunciar. Creyó que las críticas post-mortem son absolutamente irrelevantes.

Yo entiendo que una lección maderista es: "Si no se atreve usted hoy, no se atreva usted nunca".

Nuestra generación, en cambio, tiene paladines de la democracia y de la libertad cuando el autócrata está indefenso o lejano (En Dublín, para ser exactos). Estos señores piden ahora tenerlo cerca para ahorcarlo, quieren asesinar al que se muere.

Los señores -escribió Pablo Neruda- quieren tocar al que agoniza.