| Fundar ritos
masónicos para agrupar prosélitos (y recaudar aranceles
de ingreso) ha sido constante en la historia. Muchos
fundadores han sido gente honorable, muchos han sido
pillos dignos de estar incluidos en un catálogo
internacional de bandoleros. Quienes han seguido al
conde de Saint-Germain a lo largo de su kilométrica vida
dictan a quienes quieren escuchar, que un buen día
apareció en la corte de Luis XV, rey de Francia de 1715
a 1774.
Una revista que tengo bajo mis
ojos (nótese
mi elegante redacción vaticana) precisa que el hombre apareció
justamente en 1748 (Amenidades,
No. 86, diciembre de 1938). El redactor de Amenidades
dice que cuando le preguntaron sus
generales, nuestro conde, imperturbable, "dio
a conocer que había nacido en el año 252 antes de
Jesucristo" y que había logrado vivir dos
mil años "gracias al oportuno
descubrimiento por su parte del elíxir de la vida".
En otra
versión de su longevidad (Diccionario
Enciclopédico de la Masonería,
Lorenzo Frau Abrines, III, p.1711) se afirma que a
mediados del ya citado siglo XVIII nuestro personaje
tenía más de cuatro mil años.
Una editorial
estadounidense -cuyo emblema es un pegaso- en Los
Poderes Desconocidos refiere que
sus "seguidores ilusionados dicen que goza
de una salud envidiable y reside en el Tíbet".
En cualquiera de estas
versiones, Saint-Germain relataba haber conocido personalmente a Nerón (siglo I);
a Dante (Alighieri, por supuesto, no se pongan
nerviosos: 1265-1321); a Jesucristo,
que era su gran amigo y con quien había departido
amigablemente en las bodas de Canán (Juan 2:1), a Nabucodonosor (siglo VII A.C.); a Moisés,
a Francisco
I (1494-1547, rey de
Francia) y a la reina de Saba
(siglo X A.C.), entre otras distinguidas personalidades.
Lo que son las cosas: yo estaba
muy contento con haber saludado, de lejos -él en su
coche, yo a pie-, al suplente de un precandidato
a diputado local.
'Amenidades'
recoge el rumor que asegura que en 1855 Saint-Germain
merodeaba en la corte de Luis Napoleón (tutor del
Maximiliano que nos invadió) o que en aquellos tiempos
cardenistas de los treintas, Saint-Germain era asesor
personal del Dalai Lama. (¿No habría ayudado a Calles a
fundar el PRI?).
En Alemania conoció a otro
conde: Alejandro de Cagliostro (1743-1795) "el enigma más grande de los
tiempos modernos".
Jacques Pirenne (en Historia
Universal, Grolier Jackson, IV,
p.485) refiere que, en el ambiente revisionista previo a
la revolución francesa, "Cagliostro creaba en
Palermo la taumaturgia, que no tardó en conquistar en
París una popularidad extraordinaria evocando a los
espíritus".
Pirenne exhibe un cuadro con
Cagliostro recibiendo a dos damas que le consultan.
Además, Cagliostro ha merecido ser inscrito en el
inefable Pequeño Larousse Ilustrado
(1990, p.1178).
Pero volvamos a
nuestro primitivo conde: La decadencia de Saint-Germain
en la corte francesa empezó cuando hubo la certidumbre
de que algunos que habían tomado el elíxir de la larga
vida, morían lo mismo que aquellos que no lo habían
tomado, cosa preocupante.
Estrechado por
las compañías aseguradoras y los deudos huyó de
Francia para morir (una vez más) en
Schleswisch-Holstein en 1784 aunque Grosley, uno de los
sabios más distinguidos de la British Royal, aseguró
haber visto al conde en una prisión francesa durante el
reinado del Terror (1793-94).
Según el mismo Diccionario
Enciclopédico de la Masonería, el
ayudante de Saint-Germain (un bribón digno del
amo) decía acerca de la edad de su jefe, lo
mismo que contestaban Condorito o Cantinflas en sus
rutinas cómicas:
- No puedo
saber si tiene cuatro mil años: Yo trabajo para
él desde hace, apenas, novecientos.
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