10-28: CAGLIOSTRO
Publicado en POLÍTICA el viernes 17 de marzo de 2000.
por Wenceslao VARGAS MÁRQUEZ

Decían los clásicos (y los abuelos) que, para pasar a la Historia (con mayúsculas), había que plantar un árbol, crecer a un hijo y escribir un libro. Hoy uno entra en la criptohistoria (con minúsculas) y se hace inmortal si logra ser inscrito en las páginas de los pertinentes diccionarios Larousse. Este es el caso de Cagliostro.

Supongo que Cagliostro no sospechó nunca que su nombre aparecería en las películas mexicanas asociado con vampiros que no soportan la luz del día, con zombies que se levantan a vengar algo, con momias que vagan buscando víctimas, con Blue Demon luchando contra los monstruos, con diablesas que serían combatidas por Abel Salazar, con posesos a los que debe rescatar Santo –el Enmascarado de Plata-, con duquesas bobas que reviven accidentalmente una maldición inacabable de Cagliostro.

En realidad el plan que alguna vez se trazó Cagliostro en el siglo XVIII fue de largo alcance pero sus recursos no fueron cuantiosos y sus fechorías se equiparan -guardadas las proporciones y el prudente respeto- a las de nuestros muy mexicanos paqueros.

El inefable Pequeño Larousse Ilustrado le dice al lector -al oído- que Cagliostro fue un aventurero, farsante, médico y alquimista italiano, nacido en 1743 en Palermo.

Cagliostro (conocido en su barrio italiano como José Balsamo) tuvo un principio módico: empezó vendiendo la juventud eterna en un frasco con gotitas a aplicar durante la luna llena, o el medicamento universal en ungüento aplicable en el solsticio de invierno.

En una de tantas veces que se encontró sin dinero, preocupado por no trabajar -a como varios-, recurrió al rápido expediente que en aquellos siglos idos -y en estos años presentes- sería negocio redondo: La creación de un rito masónico y su conveniente parafernalia. Para ello compró un libro viejo con aura de contener sabios secretos (escrito por George Crofton, Londres, 1779) y se dispuso a buscar prosélitos con sus respectivos aranceles de ingreso.

En 1782 creó en París el Rito de Adpoción de Cagliostro denominado Madre Logia de Adopción de la Alta Masonería Egipcia y al dirigencia la puso en manos (faltaba más) de su esposa Lorenza Feliciani como la Gran Regente y él como el Gran Copto (dije "copto", egipcio antiguo). Involucró a personas allegadas a la emperatriz Catalina II.

El 10 de marzo de 1785 fue invitado a asistir al Gran Convento (Congreso) de la Masonería Filosófica en su calidad de creador del citado Rito Egipcio. Sus trabajos dejaron mucho que desear y fue rechazado en medio del ridículo. Desenmescarado en 1786 fue a Londres donde un hábil periodista hizo públicos sus embustes.

En París, después de un escándalo relacionado con un collar de diamantes María Antonieta dio con la pareja en la Bastilla. El 27 de noviembre de 1789 cayó en manos de la Inquisición y vio quemar por manos de verdugo su libro titulado Masonería Egipcia muriendo en 1795 en las mazmorras del castillo de San Angelo, en Roma.

En nuestro globalizado siglo XX un buen día apareció otro hombre que dijo llamarse La Gran Bestia. Yo pensé enseguida que era algún precandidato a algo, pero no: Era, según afirmaba, haga usted el favor, ¡la reencarnación de Cagliostro!. Se llamaba Aleister Crowley, inglés nacido a fines del siglo XIX y muerto el 1o. de diciembre de 1947.

Este indescriptible personaje, siempre imperturbable, asumía su papel de enviado de Cagliostro con decorosas propiedad y elegancia, convenciendo a propios y extraños (más a los extraños que a los propios) que su seudónimo de batalla (repito: La Gran Bestia) estaba bien buscado y bien ganado.

Hoy, dos siglos después de haber muerto Cagliostro y a medio siglo de la muerte de La Gran Bestia, me propongo buscar la nueva reencarnación de Cagliostro.

Asediado por tantos fantasmas a estas horas de la noche me he propuesto buscar el heredero reencarnado de Crowley.

Veo si hay luna llena, me reviso las manos, los brazos, me miro en el espejo buscándome exceso de vellos, colmillos, garras en vez de uñas, vendaje de momias y respiro tranquilo, no soy yo:

Tendré que seguir buscando.