SANTA ANNA, MASÓN ESCOCÉS.
Publicado en el 'Diario de Xalapa', el lunes 22 de agosto de 1994.
por Wenceslao VARGAS MÁRQUEZ

Antonio López de Santa Anna es un desafortunado general que no tiene a nadie quien le escriba porque nuestros historiadores oficiales son modositos redactores de sociales que nos apuran a beber una historia nacional maniquea con héroes encantadores y villanos desalmados: lo mismo que una telenovela comercial del horario vespertino.

Según esto, el xalapeño Antonio de Padua Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón fue un bandolero descomunal nacido el 21 de febrero de 1794 en la primera cuadra de lo que hoy es Xalapeños Ilustres, bautizado tres cuadras abajo y fallecido en 1876 en su cama de la ciudad de México.

Un chisme levantado en su contra lo dibuja como un dictador que gobernó más de 20 o 30 años nuestro país. Es falso.

Fue presidente 11 veces con periodos de quincena (la segunda de mayo de 1833, para cobrarla), de un mes (julio del mismo año), de tres meses, de un año (octubre de 1841 a octubre de 1842), de una semana (la última de marzo de 1847) y poco más de dos años en el undécimo periodo (marzo 1853 a agosto de 1855), todo lo cual si se suma no alcanza a constituir la palabra mágica, sexenio: apenas suman 5 años y diez meses.

Fue soldado virreinal desde 1810, insurgente (liberó una buena parte del estado de Veracruz), imperial, iturbidista, republicano a secas (proclamó la república en 1822), republicano federal, repulicano centralista y autócrata en su último periodo presidencial.

Expulsó al español Barradas que quiso reconquistar México en 1829 y obtuvo entonce el generalato. Triunfador de memorables batallas, perdedor en desproporcionada guerras. Promotor de nuestro Himno Nacional en su undécimo periodo gubernamental (para lo cual sus empleados y amigos organizaron en 1853 un concurso que ganaron sus mismos amigos y empleados), impulsó el telégrafo, creó la secretaría de gobernación para vigilar a sus enemigos, venció a los franceses en 1838 perdiendo una pierna, venció a los norteamericanos en El Álamo en 1836, fracasó en la dirección de la guerra de 1847, salió exiliado varias veces y -septuegenario- ofreció sus servicios a Juárez y Maximiliano.

El mal necesario del siglo XIX fue este hombre -masón escocés- solicitado por todos los grupos, insultado por todos los partidos. Las siguientes son las principales referencias acerca del rito masónico en que militó:

  • Richard E. Chism (en Una Contribución a la Historia Masónica de México, 1899) dice que Santa Anna "se proclamaba masón del Rito Escocés, aunque en realidad no fue más que "un escocés" del partido político de aquel nombre, que desde muchos años [atrás] había sido nada más que una facción clerical".
  • José María Mateos (en Historia de la Masonería en México, 1884) afirma que el Plan de Cuernavaca de mayo de 1834 -que echó por tierra las reformas liberales de 1833- se redujo a proclamar la religión y los fueros, siendo entonces Santa Anna un masón escocés.
  • Michael Costeloe (en La Primera República Federal de México, p.130, F.C.E., 1975) sostiene que, en 1827, por haber sido electo vicegobernador de Veracruz por una legislatura de mayoría escocesa, hacía suponer que "tendía a apoyar a los escoceses". Wilfred Hardy Callcot (en Santa Anna: the Story of an Enigma that Once was Mexico", 1936, citado por Costeloe, p.130) refiere que Santa Anna estaba comprometido con el partido escocés.
  • El historiador -también escocés- Lucas Alamán (en Historia de México, tomo V) sostenía que uno de sus amigos tenía pruebas irrefutables de que Santa Anna se había afiliado a la sociedad escocesa durante su estancia en Yucatán (1824-25).
  • Carlos María de Bustamante en su Continuación del Cuadro Histórico... (citado por Harold D. Sims en La Expulsión de los Españoles en México, 1974) informa de un rumor según el cual el vicegobernador veracruzano Santa Anna se hizo yorkino en noviembre de 1827 a los 32 años de edad.

Ni como historiadores, ni como veracruzanos, ni como masones, nos preocupamos por haberle escrito a este general en el bicentenario de su nacimiento.

Salud, para este olvidado general escocés que no tiene a nadie quien le escriba.