EL CONDE DE SAINT-GERMAIN
Publicado en el Diario de Xalapa, el 8 de julio de 1996
Por Wenceslao VARGAS MÁRQUEZ

Fundar ritos masónicos para agrupar prosélitos (y recaudar aranceles de ingreso) ha sido constante en la historia. Muchos fundadores han sido gente honorable, muchos han sido pillos dignos de estar incluidos en un catálogo internacional de bandoleros.

Quienes han seguido al conde de Saint-Germain a lo largo de su kilométrica vida dictan a quienes quieren escuchar, que un buen día apareció en la corte de Luis XV, rey de Francia de 1715 a 1774.

Una revista que tengo bajo mis ojos (nótese mi elegante redacción vaticana) precisa que el hombre apareció justamente en 1748 (Amenidades, No. 86, diciembre de 1938). El redactor de Amenidades dice que cuando le preguntaron sus generales, nuestro conde, imperturbable, "dio a conocer que había nacido en el año 252 antes de Jesucristo" y que había logrado vivir dos mil años "gracias al oportuno descubrimiento por su parte del elíxir de la vida".

En otra versión de su longevidad (Diccionario Enciclopédico de la Masonería, Lorenzo Frau Abrines, III, p.1711) se afirma que a mediados del ya citado siglo XVIII nuestro personaje tenía más de cuatro mil años.

Una editorial estadounidense -cuyo emblema es un pegaso- en Los Poderes Desconocidos refiere que sus "seguidores ilusionados dicen que goza de una salud envidiable y reside en el Tíbet".

En cualquiera de estas versiones, Saint-Germain relataba haber conocido personalmente a Nerón (siglo I); a Dante (Alighieri, por supuesto, no se pongan nerviosos: 1265-1321); a Jesucristo, que era su gran amigo y con quien había departido amigablemente en las bodas de Canán (Juan 2:1), a Nabucodonosor (siglo VII A.C.); a Moisés, a Francisco I (1494-1547, rey de Francia) y a la reina de Saba (siglo X A.C.), entre otras distinguidas personalidades.

Lo que son las cosas: yo estaba muy contento con haber saludado, de lejos -él en su coche, yo a pie-, al suplente de un precandidato a diputado local.

'Amenidades' recoge el rumor que asegura que en 1855 Saint-Germain merodeaba en la corte de Luis Napoleón (tutor del Maximiliano que nos invadió) o que en aquellos tiempos cardenistas de los treintas, Saint-Germain era asesor personal del Dalai Lama. (¿No habría ayudado a Calles a fundar el PRI?).

En Alemania conoció a otro conde: Alejandro de Cagliostro (1743-1795) "el enigma más grande de los tiempos modernos".

Jacques Pirenne (en Historia Universal, Grolier Jackson, IV, p.485) refiere que, en el ambiente revisionista previo a la revolución francesa, "Cagliostro creaba en Palermo la taumaturgia, que no tardó en conquistar en París una popularidad extraordinaria evocando a los espíritus".

Pirenne exhibe un cuadro con Cagliostro recibiendo a dos damas que le consultan. Además, Cagliostro ha merecido ser inscrito en el inefable Pequeño Larousse Ilustrado (1990, p.1178).

Pero volvamos a nuestro primitivo conde: La decadencia de Saint-Germain en la corte francesa empezó cuando hubo la certidumbre de que algunos que habían tomado el elíxir de la larga vida, morían lo mismo que aquellos que no lo habían tomado, cosa preocupante.

Estrechado por las compañías aseguradoras y los deudos huyó de Francia para morir (una vez más) en Schleswisch-Holstein en 1784 aunque Grosley, uno de los sabios más distinguidos de la British Royal, aseguró haber visto al conde en una prisión francesa durante el reinado del Terror (1793-94).

Según el mismo Diccionario Enciclopédico de la Masonería, el ayudante de Saint-Germain (un bribón digno del amo) decía acerca de la edad de su jefe, lo mismo que contestaban Condorito o Cantinflas en sus rutinas cómicas:

- No puedo saber si tiene cuatro mil años: Yo trabajo para él desde hace, apenas, novecientos.