BORGES, UN SIGLO
Wenceslao Vargas Márquez

Este año se cumplen 100 del nacimiento del escritor argentino Jorge Luis Borges Acevedo. La cultura occidental decimal (adoratriz de los múltiplos de 10) no pasa por alto el aniversario. El año que viene (año 2000, año centésimo del siglo XX) no habrá quien se acuerde de Borges. Nadie se acordó de él el año pasado. Lo que pretendo con estos desordenados renglones es, simplemente, compartir mis desordenadas lecturas de Borges.

Hoy mismo, a cada instante, está acabando un siglo y empezando otro sin nunca cesar. Cada instante infinitesimal es el inicio y el término de plazos que no cesan. Las cosas que conocemos como propias de nuestra época alguna vez ya tuvieron precedentes: Si se le pregunta a los jóvenes que estudian informática y robótica acerca de cuando empezó la historia de la automatización, la historia de la creación de un obrero automático, de un hombre artificial, no dudan en contestar que esa historia no debe tener más de cincuenta años, con la aparición de la computadoras digitales o a lo sumo cien con la automatización de los procesos administrativos de Hollerith. Nunca más allá. ¿Hay precedentes de hace 100, de hace 500 o mil años? Sí los hay.

El 24 de agosto de 1899 nació Borges, el escritor latinoamericano más conocido en idiomas ajenos al español. Nada tan actual en la literatura, como los sueños recurrentes de Borges que son los sueños reiterados de la humanidad: la naturaleza del tiempo, conocer a los tigres, jugar ajedrez, saber si somos uno o ninguno: la singularidad, la otredad, la pluralidad, la reiteración. Imaginarse los laberintos (el peor: un plano sin líneas y sin límites o una solitaria línea recta); imaginarse en los espejos, persistentes por su "infalible y continuo funcionamiento", abominables porque -como la paternidad- multiplican el número de los hombres. Fatigar las bibliotecas, escribir cuentos policiales, traducir. Meditar acerca de la creación del hombre artificial.

Desde la factura hecha en el capítulo inicial del Génesis, o el monstruo sin nombre fabricado por el doctor Frankenstein, Borges se entusiasma por el hombre artificial creado en la novela El Golem (1915) de Gustav Meyrink, que Borges leyó en Ginebra. Le dedica ensayos y poemas. La fama occidental del Golem –dice Borges- es obra del escritor austriaco Gustav Meyrink, quien en el capítulo 5 escribe que el origen de la historia de este hombre no-nacido se remonta al siglo XVII cuando el rabino Judah Loew ben Bezabel, apoyado en fórmulas de la Cábala, construyó un hombre artificial para que tañera la campana de la sinagoga e hiciera los trabajos pesados. ¿No es ésta, hoy, la preocupación de la inteligencia artificial, de los sistemas binarios y de la robótica?. Borges escribe el poema El Golem en 1958: ‘Judá León se dio a permutaciones / de letras y a complejas variaciones’. Después el rabino se arrepiente de su obra. ‘¿Cómo (se dijo) / pude engendrar este penoso hijo / y la inacción dejé, que es la codura?’. El Golem se rebela contra el rabino a como Adán en el Paraíso contra su Hacedor o el monstruo sin nombre contra su fabricante el doctor Frankenstein. Me parece que robot significa ‘trabajador’, si no recuerdo mal, en checo.

De lado de su madre (Leonor Acevedo) Borges era descendiente de Francisco Narciso Laprida, quien presidió en 1816 el Congreso de Tucumán en el que se declaró la independencia argentina, y del insurgente Isidoro Suárez. Por parte de su padre, el abogado Jorge Guillermo Borges -escritor aficionado, dueño de una gran biblioteca-, la genealogía se hunde hasta la época de la conquista. Su abuela paterna fue inglesa y el inglés fue moneda corriente desde la infancia de Jorge Luis. La biblioteca paterna es lo que empuja a Borges por el camino de la literatura.

‘Es –dijo Borges- el hecho más importante de mi vida’.