ESCRIBIR
Publicado en el diario 'POLÍTICA' de Xalapa, Ver., el lunes 28 de febrero de 2000.
Wenceslao VARGAS MÁRQUEZ

Violenta discusión se ha suscitado no pocas veces para [tratar de] averiguar cuál manera de comunicarse (hablar o escribir) es la mejor para propagar una ideología, insultar a un prójimo o (como yo) hacer perder el tiempo a otros. Anoto seis opiniones que han pasado a la posteridad: las de Borges, Platón, Jesucristo, Hitler, los alqumistas y los masones.

Jorge Luis Borges (en Otras Inquisiciones, 1952) apunta que Pitágoras no escribió a como muchos otros hombres universales no escribieron, seguramente apoyados en una preocupación que Platón supo enunciar brevemente: ‘El Maestro elige al discípulo, pero el libro no elige a sus lectores, que pueden ser malvados o estúpidos’. En Stromateis, Platón apuntó: ‘Escribir en un libro todas las cosas es dejar una espada en las manos de un niño’. Borges reproduce un párrafo bíblico: "‘No déis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas a los puercos, para que no las huellen con los pies, y vuelvan y os despedacen’. Esta sentencia es de Jesús, el mayor de los maestros orales que una sola vez escribió unas palabras en la tierra (Juan 8:8) y no las leyó ningún hombre".

Para los alquimistas y los masones el conocimiento y la sabiduría no es para todos: ambos se conquistan con mucho sacrificio y mediante un proceso gradual en el que se aspira a descubrir el arcano debiendo recibir sucesivas iniciaciones en las que poco a poco se descorre el velo de la ignorancia. La opinión de masones y alquimistas es escribir poco y lo poco que se escriba debe velarse con símbolos (recuérdense las logias simbólicas) y alegorías sólo comprensibles a los integrantes de la agrupación.

Conjuntamente con una redacción confusa para el profano los alquimistas usaron un grupo de signos muy extraños (cruces, ganchos, círculos, flechas, un sapo, un niño, un anciano, una paloma) para representar a las sustancias [al]químicas y para ilustrar los procesos de aquella eterna búsqueda de la piedra filosofal, de la panacea y del oro a partir de los metales inferiores. El oro recibió como símbolo un círculo con un punto en el centro, signo del sol; la plata el de la luna creciente; el mercurio el de la luna menguante (Los Alqumistas, FCE, 1957).

Los masones emplearon las abreviaturas finalizadas en tres puntos que provocan que el no iniciado que pretenda leer un documento confidencial sienta un ligero dolor de cabeza antes de desentrañar nada a partir de un texto salpicado de puntos y más puntos que bailan sobre la página. Además, todo masón está obligado a no divulgar lo que vea u oiga en una logia. Una versión de la masonería, la sociedad secreta de los carbonarios italianos jamás confiaban nada al papel y se atenían a la experiencia unipersonal, física y directa para adquirir y preparar prosélitos.

Adolfo Hitler sí escribió. Preso en 1924, en la cárcel de Landsberg am Lech, después del putsch de la cervecería, se dedicó a escribir su plan de trabajo nacionalsocialista en un libro muy insultado y poco leído: Mein Kampf. ¿Qué cree Hitler mejor para convencer al pueblo alemán de las bondades de la ideología nazi?. Él puntualiza muy claramente que lo mejor es la oratoria. En el capítulo XII de la primera parte narra una de sus primeras experiencias propagando el nazismo: "La asamblea quedó abierta. Un profesor de Munich pronunció el primer discurso, luego debía yo tomar la palabra por primera vez en público. Hablé durante treinta minutos y aquello que antes había sentido instintivamente quedó comprobado por la realidad: tenía condiciones para hablar. Al finalizar mi discurso, el público ... estaba como electrizado".

Critica Hitler al señor Harrer, presidente del partido entonces y sobre el que pesaba "el gravísimo defecto de no saber hablar para las masas". El señor Antonio Drexler, presidente regional del partido "era un simple obrero, asimismo incapacitado para la oratoria". Para el 4 de febrero de 1920 se planea el primer mítin. Harrer lo cree inoportuno y renuncia por lo que Drexler toma la presidencia poniendo manos a la obra. Más de dos mil personas estaban [en la sala] hacia las siete y treinta de la noche. Dice Hitler: "Tomé la palabra a continuación del primer orador. Pocos minutos más tarde menudeaban las interrupciones; en el fondo de la sala se producían escenas violentas. Un grupo de mis fieles camaradas de la guerra y otros pocos adeptos más, se enfrentaron con los perturbadores y sólo paulatinamente pudo restablecerse el orden. Seguí hablando. Media hora después, los aplausos comenzaron a imponerse a los gritos y exclamaciones airadas y, finalmente, cuando exponía los veintiocho puntos de nuestro programa, me hallaba frente a una sala atestada de individuos unidos por una nueva convicción, por una nueva fe y por una nueva voluntad. Quedó encendido el fuego cuyas llamas forjarán un día la espada que le devuelva la libertad al Sigfrido germánico y restaure la vida de la nación alemana ... Lentamente fue vaciándose la sala".

Hitler dedica todo el capítulo VI de la segunda parte a Nuestra Lucha en los Primeros Tiempos. La importancia de la Oratoria. Las asambleas populares de pequeña escala tuvieron para Hitler ‘la ventaja’ de irlo adaptando "poco a poco al carácter de un orador de grandes mítines ... A la palabra hablada le atribuíamos importancia capital porque en realidad sólo ella es capaz de incoar grandes evoluciones, y esto debido a simples razones de carácter sicológico ... El orador tiene en el auditorio al cual se dirige un punto permanente de referencia ... El escritor, en cambio, nada sabe de sus lectores".

Jesucristo prefirió hablar: la Biblia (incluso el Nuevo Testamento) no la escribió él sino muy distintas personas en diferentes épocas. Pero sí escribió en una ocasión, cuando los fariseos le presentaron a la mujer adúltera pidiéndole que se le castigara apedreándola porque así lo marcaba la ley. Puede leerse a Juan en el capítulo 8: "(3) Los maestros de la Ley y los fariseos le trajeron una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La colocaron en medio (4) y le dijeron: ‘Maestro, han sorprendido a esta mujer en pleno adulterio. (5) La Ley de Moisés ordena que mujeres como ésta mueran apedreadas. Tú, ¿qué dices?". (6) Con esto querían ponerlo en dificultades para poder acusarlo. Jesús se inclinó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. (7) Como le seguían preguntando, se enderezó y dijo: "El que no tenga pecado, lance la primera piedra". (8) Se inclinó de nuevo y siguió escribiendo en el suelo".

La narración bíblica no detalla qué es lo que Jesús escribe de manera tan poco ortodoxa, pero se nota que el Redentor está absorto y que lo que escribe en el suelo con el dedo es –supongo- un texto relativamente largo porque da tiempo a que (9) ‘todos se fueran retirando uno a uno’ y a que Él y la mujer (‘que seguía de pie en el medio’) queden sólos. Jesús (10) ‘entonces se enderezó’ y al ver que nadie había condenado a la mujer, le dice: "(11) Yo tampoco te condeno. Vete".

Pero hablada o escrita, la transmisión de las ideas de las ideas debe estar prohibida para quienes le quitan el tiempo a otros apenas tiene oportunidad.