| Un par de enamorados
quinceañeros tienen frecuente contacto epistolar (lo que
significa que se escriben cartas, y nada más). Él le manda una carta inundada
de besos, ella le jura amor eterno en la misiva de vuelta
y añade en un ángulo de la hoja lo que se ha supuesto
por siglos el perfil de un corazón (enamorado) y dos
nombres superpuestos atravesados por una flecha.
Se le supone así al corazón el centro
de las emociones humanas. Sábese ahora que el corazón
no es más -ni menos- que una bomba que admite e impulsa
sangre. En esta prosaica situación mecánica, el
corazón está ajeno a sutilezas amorosas y alejado de
medianías terrenales relacionadas con el amor.
Seguramente algún texto de Galeno o de Hipócrates ha
contribuido a sostener al corazón como símbolo
romántico. En todo caso se vería mal que la
quinceañera trazara un parietal o dibujara un riñón
para anotar su nombre y el del novio. Este pensaría -con
razón- que a aquella le falta un tornillo.
Por lo demás, el corazón ha subyugado
también a los matemáticos. Estos, que -dicho sea de
paso-, también se enamoran, han hallado después de
vigorosos esfuerzos que si se traza la gráfica de la
ecuación polar r =
a + a cos Ø, se obtiene el perfil
del mismo corazón (enamorado) dibujado por la joven. A
este dibujo los matemáticos le han llamado cardioide, lo
que -según cierto manual de griego clásico- significa
"en forma de corazón".
Una caótica discusión
empezó un día a propósito del corazón, de la sangre y
del alma y culminó con la muerte de un español ilustre:
Miguel Servet (1511-1553). Este hombre se propuso
averiguar si la sangre circulaba. Dedujo que sí
(Christianismi Restitutio, 1546) pero para obtener su
conclusión puso en tela de juicio las afirmaciones de
Galeno, Aristóteles, Hipócrates y otros; enfiló sus
baterías contra ciertos párrafos bíblicos (Génesis
9:5, Levítico 17:13, Deuteronomio 12:23) y, ya
encarrerado, aporreó con todo tipo de proyectiles al
mismísimo dogma vaticano de la inefable Trinidad (por
fin, decía, ¿es uno o son tres?), osadía que lo
llevó, muy a su pesar, a la hoguera en Ginebra, Suiza, a
manos del heterodoxo Juan Calvino.
En el intercambio epistolar donde
discutieron, la polémica teológica acerca de la
Trinidad subió mucho de tono y bajó mucho de calidad al
grado de que en una de tantas cartas, Calvino resumió
que el Papa, los obispos y los padres del Concilio
Tridentino eran, todos, "magne meretricis filios": insulto abominable en elegante latín
clásico.
Contactos epistolares y
consecuentemente matrimonios, insultos en latín, estos
son los estropicios que causa el corazón.
|