EL CORAZON
Publicado en el 'Diario de Xalapa', el miércoles 22 de noviembre de 1995.
por Wenceslao Vargas Márquez

 
LE PREGUNTÓ MAESE (JUAN) CALVINO PARA QUÉ LO QUERÍA Y EL CONDENADO (MIGUEL SERVET) PRONUNCIÓ ESTAS PALABRAS:
"PARA QUE ME PERDONES SI TE HE OFENDIDO".-
'FLORES ROJAS PARA MIGUEL SERVET'.- ALFONSO SASTRE.- 1967.
Un par de enamorados quinceañeros tienen frecuente contacto epistolar (lo que significa que se escriben cartas, y nada más).

Él le manda una carta inundada de besos, ella le jura amor eterno en la misiva de vuelta y añade en un ángulo de la hoja lo que se ha supuesto por siglos el perfil de un corazón (enamorado) y dos nombres superpuestos atravesados por una flecha.

Se le supone así al corazón el centro de las emociones humanas. Sábese ahora que el corazón no es más -ni menos- que una bomba que admite e impulsa sangre. En esta prosaica situación mecánica, el corazón está ajeno a sutilezas amorosas y alejado de medianías terrenales relacionadas con el amor. Seguramente algún texto de Galeno o de Hipócrates ha contribuido a sostener al corazón como símbolo romántico. En todo caso se vería mal que la quinceañera trazara un parietal o dibujara un riñón para anotar su nombre y el del novio. Este pensaría -con razón- que a aquella le falta un tornillo.

Por lo demás, el corazón ha subyugado también a los matemáticos. Estos, que -dicho sea de paso-, también se enamoran, han hallado después de vigorosos esfuerzos que si se traza la gráfica de la ecuación polar r = a + a cos Ø, se obtiene el perfil del mismo corazón (enamorado) dibujado por la joven. A este dibujo los matemáticos le han llamado cardioide, lo que -según cierto manual de griego clásico- significa "en forma de corazón".

Una caótica discusión empezó un día a propósito del corazón, de la sangre y del alma y culminó con la muerte de un español ilustre: Miguel Servet (1511-1553). Este hombre se propuso averiguar si la sangre circulaba. Dedujo que sí (Christianismi Restitutio, 1546) pero para obtener su conclusión puso en tela de juicio las afirmaciones de Galeno, Aristóteles, Hipócrates y otros; enfiló sus baterías contra ciertos párrafos bíblicos (Génesis 9:5, Levítico 17:13, Deuteronomio 12:23) y, ya encarrerado, aporreó con todo tipo de proyectiles al mismísimo dogma vaticano de la inefable Trinidad (por fin, decía, ¿es uno o son tres?), osadía que lo llevó, muy a su pesar, a la hoguera en Ginebra, Suiza, a manos del heterodoxo Juan Calvino.

En el intercambio epistolar donde discutieron, la polémica teológica acerca de la Trinidad subió mucho de tono y bajó mucho de calidad al grado de que en una de tantas cartas, Calvino resumió que el Papa, los obispos y los padres del Concilio Tridentino eran, todos, "magne meretricis filios": insulto abominable en elegante latín clásico.

Contactos epistolares y consecuentemente matrimonios, insultos en latín, estos son los estropicios que causa el corazón.