| En la
película El Coleccionista de Huesos, aparece un coleccionista
de libros en los que está la clave para hallar la
secuencia de los asesinatos. Eso es lo menos importante.
Lo más importante de la película es que el detective
que investiga los crímenes despacha perfectamente
paralítico desde una habitación en donde se halla
encerrado y conectado a diversos aparatos clínicos.
Hagamos una colección de detectives. El detective
Lincoln Rhyme, escucha a los colegas policías, a
testigos, recados, presentimientos y, con el apoyo de una
gran capacidad de razonamiento y deducción (o
inducción, yo no entiendo) concluye encontrando la
ubicación de las víctimas en sucesivos crímenes y
finalmente hallando al asesino desde el encierro cúbico
en el que se halla.
No hay nada nuevo bajo el
sol en cuanto a técnica policiaca:
Jorge Luis Borges y
Adolfo Bioy Casares, escritores argentinos,
crearon libros hechos entre los dos: todavía hoy, medio
siglo después, no se sabe cómo se las ingeniaban para
agarrar el lapicero a cuatro manos. Sea como sea que
hayan apresado la pluma, coincidieron en que las obras
derivadas de esa simbiosis (¡) no fuesen firmadas ni por
Borges ni por Bioy sino por un ficticio tercero en
discordia que se llamó Honorio Bustos Domecq: un
hombre que no existe.
El apesadumbrado lector se
preguntará que si a dónde quiero llegar porque le urge
ir a pagar impuestos. Pues bien: Quiero llegar a que Don
Honorio Bustos Domecq, un hombre que nunca existió,
inventó a otro hombre que tampoco existió
llamado don Isidro Parodi, ocupación: detective.
El lector, con una mano en
el diario, otra en la taza de café, otra en la papeleta
de pago de impuestos, otra en la cuchara -enredado a como
Bustos con el lapicero- se pregunta sin duda: ¿y que
rayos con Isidro Parodi?. Explico enseguida cómo
trabajaba Parodi cuando investigaba sus crímenes:
El
detective Isidro Parodi, escucha a los colegas
policías, a testigos, recados, presentimientos y, con el
apoyo de una gran capacidad de razonamiento y deducción
(o inducción, yo no entiendo) concluye encontrando la
ubicación de las víctimas en sucesivos crímenes y
finalmente hallando al asesino desde el encierro cúbico
en el que se halla.
El detective don Isidro
Parodi, está perfectamente preso en la celda
número 273 de la Penitenciaría Central acusado
injustamente de asesinato, detective-criminal como
ciertos personajes de Chesterton. El crimen no lo había
cometido él pero para que la policía quede bien con los
electores del barrio en tiempos de elecciones, Parodi fue
condenado a 21 años de prisión. Desde la comodidad
de su celda, resuelve los más complejos problemas
criminales con la simple narración que los interesados
le llevaban a la prisión. En Seis Problemas para don
Isidro Parodi, Honorio Bustos Domecq narra Las
Doce Figuras del Mundo (un asesinato en una
cofradía), Las Noches de Goliadkin (robo de
brillantes y asesinatos a bordo de un tren expreso).
En El Dios de los Toros
hay un asesinato entre sospechas de adulterio. En
este cuento la señora de Muñagorri se burla de la
desolada oficina cúbica del detective Parodi,
vale decir la celda: "Qué amor de
cuartito, y tan distinto al living de mi cuñada,
que es un horror de biombos. Usted se ha adelantado al
cubismo, señor Parodi, aunque ya no se usa". En
otra visita a la penitenciaría Muñagorri se felicita de
su propia suerte: "Qué volada haberlo
encontrado". Este libro de 1942, de hace 50
años, es altamente recomendable y se encuentra
en Origen/Planeta.
La película The Bone
Collector y Lincoln Rhyme, de hace 50 días,
están juzgados por otra obra de hace 50 siglos:
Por Eclesiastés 1:9. Allí
está el editorial y es de siete palabras.
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